Exjugador, entrenador y formador de futbolistas, fue una de las grandes figuras del deporte regional. Padre de Pablo y Andrés Aimar, disfrutó ver a sus hijos compartir la cancha y dejó una huella profunda en varias generaciones.
Ricardo Tomás “Payo” Aimar fue uno de esos nombres que quedaron grabados para siempre en la historia del fútbol de Río Cuarto. Dueño de una técnica elegante y de una visión ofensiva del juego, fue considerado por muchos como un verdadero crack del fútbol regional y una referencia para varias generaciones de jugadores.
Su carrera tuvo momentos destacados especialmente con la camiseta de Banda Norte, club con el que quedó identificado y donde se convirtió en una figura muy querida. Con talento y personalidad, también pasó por otros equipos como Newell’s Old Boys, Belgrano de Córdoba, Sportivo Belgrano de San Francisco y Estudiantes de Río Cuarto, en una trayectoria que se extendió entre fines de los años 60 y comienzos de los 80.
Tras su retiro de las canchas siguió ligado al fútbol desde la dirección técnica y la formación de juveniles. Siempre defendió una idea de juego ofensiva, inspirada en su admiración por César Luis Menotti, y dedicó gran parte de su vida a enseñar y acompañar a jóvenes futbolistas de la región.
Su apellido quedó definitivamente ligado al fútbol argentino a través de sus hijos, Pablo y Andrés Aimar. El apodo de “Payito” o “Payasito” que acompañó a Pablo durante toda su carrera nació justamente como un homenaje al sobrenombre de su padre.
Uno de los momentos que más disfrutó ocurrió muchos años después, cuando pudo ver a sus hijos compartir la cancha en la despedida de Pablo Aimar. Aquella noche, cargada de emoción, el “Payo” volvió a ver juntos a Pablo y Andrés jugando al fútbol, algo que para él siempre fue motivo de orgullo y felicidad.
Entre las historias familiares más recordadas aparece una anécdota que refleja cómo comenzó el camino de Pablo hacia River. Después de una prueba en el club, el joven Aimar regresó a Río Cuarto con su padre porque no había quedado conforme con la experiencia. Esa misma noche, concentrado con el plantel profesional, Daniel Passarella le preguntó al presidente de River, Alfredo Davicce, qué había pasado con las pruebas de ese día. Allí le comentaron que un chico llamado Aimar “la había roto”, pero que se había ido desilusionado.
Sorprendido por la situación, el entrenador consiguió el teléfono de la familia y decidió llamar de inmediato, sin importarle la hora. Era cerca de la una de la madrugada cuando sonó el teléfono en la casa de los Aimar. Del otro lado atendió el padre. “¿Hablo con la casa de Pablo Aimar? Quisiera hablar con el padre de Pablito”, preguntó Passarella. “Sí, soy yo. ¿Quién habla?”, respondió el “Payo”, extrañado por el llamado a esa hora. Entonces llegó la respuesta: “Soy Daniel Passarella y quería saber por qué no trae a Pablito a jugar a River”. Sin creer que realmente se tratara del técnico del club, el padre contestó con humor: “Si usted es Passarella, yo soy Juan XXIII”, y le cortó el teléfono.
La historia continuó minutos después, cuando el propio Passarella volvió a llamar para insistir y convencer a la familia de que realmente era él. Ese segundo llamado cambió la historia: Pablo Aimar terminó llegando a River y comenzó allí la carrera que lo llevaría a convertirse en uno de los futbolistas más talentosos del país.
En Río Cuarto, Ricardo “Payo” Aimar será recordado por su talento, su humildad y su amor por el fútbol. Pero también por algo aún más profundo: haber construido una familia atravesada por la pelota y haber disfrutado, como pocos, ver cómo ese legado seguía vivo en sus hijos.
